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ESCRIBIR
La
idea de escribir nació de la noche, apenas comenzaba. Los
extremos de las ideas se unían con el punto del lapicero
y la hoja vacía. Mis labios no se movían, tan solo
mi mano y mis pensamientos que corrían por las venas, arterias
animadas, aterradas.
Algo
se iba creando, formando, y con el pasar de los párrafos
aquella prosa en verso tomaba vida del intelecto de su autor. Las
palabras pesaban y se hacían más grandes al saltar
de las páginas. Llegó un momento en el que la mezcla
era real y confusa, ya no distinguía manos o letras. El escrito
me absorbía. No podía detenerme, quería hacerlo
pero era imposible, seguía escribiendo.
Sentía
como por mi brazo corría cada deseo, cada vesanía
imaginada, las lágrimas guardadas en recuerdo y las huellas
de unos besos. Salieron los secretos de mi alma y el plumaje del
cerebro. Hasta el cordón de plata resonó la ausencia:
me perdía. Luego se desprendieron los órganos, hinchaban
mi brazo, por debajo de las uñas se derramaba la sangre,
manchando el papel y mi piel, la poca piel que quedaba de mis dedos.
Y
me contextualizé allí dentro, yo mismo me escribía
y, sin quererlo, cometí suicidio literario. El lapicero cayó,
pues no había mano que lo agarrara: rodó por la mesa
y tocó el suelo.
Y
en esta vida de texto sólo espero que alguien abra el libro
para contar mi historia... mi pretexto.
Diego
Pineda M.
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